María Soledad: casi tres décadas de un símbolo de impunidad bajo las garras del poder

El crimen de la adolescente catamarqueña conmovió al país y desnudó las maniobras políticas y judiciales para tapar todo.

El de María Soledad Morales fue uno de los crímenes más conmocionantes de la historia argentina, símbolo de la impunidad y del encubrimiento del poder político y judicial (que nunca se juzgó).

La adolescente que tenía 17 desapareció el 7 de septiembre de 1990 cuando fue a un boliche en Catamarca y su cuerpo apareció tres días después, mutilado en una zanja.

El caso derivó en la intervención de la Provincia, la remoción de la cúpula policial y la realización de dos juicios, luego del que el primero terminara en escándalo.

Guillermo Luque, hijo del entonces disputado nacional Ángel Luque, fue declarado culpable por la violación y homicidio de María Soledad, casi ocho años después. Luis Raúl Tula fue sentenciado como partícipe secundario del crimen.

Si los 21 años de prisión a los que fue condenado en 1998 por la “violación seguida de muerte agravada por el uso de estupefacientes” de María Soledad realmente hubieran sido 21 años de prisión, Luque recién ahora estaría dando sus primeros pasos en libertad. Pero “El Gordo”, como le dicen, solamente estuvo preso 14 años. Salió de la cárcel de Catamarca en abril de 2010, bajo “libertad condicional” por “buena conducta”.

Aquel 28 de febrero de 1998, Luis Tula también salió con cara de amargura, de traje y corbata, esposado y custodiado de los tribunales de Catamarca. Ese día lo condenaron a 9 años de prisión por ser “partícipe secundario” del crimen de María Soledad, que terminaron siendo cuatro y medio.

Ada Mercedes Rizzardo vive en la misma esquina de siempre del barrio Santa Rosa, en el departamento de Valle Viejo, desde que todo el mundo la conoce como la mamá de María Soledad. Ada tiene ahora 70 años y se acuerda de ese viernes 7 de septiembre de 1990 como si hubiera sido el último. De alguna manera lo fue.

“Es como si todo hubiera sido ayer. Ella se despidió, el papá la llevaba, y ella estaba contenta, feliz, alegre. ‘Mañana nos vemos, ma’. Me dio un beso y se fue. Yo me quedé con esa imagen de felicidad y alegría de que iba a compartir esa noche con sus compañeros. Pero que por el egoísmo de los hombres le arrancaron su vida”, cuenta Ada y sus ojos se llenan de las mismas lágrimas de hace 30 años.

EL CRIMEN

A María Soledad Morales la encontraron asesinada el 10 de septiembre de 1990 en un zanjón, al costado de la ruta provincial 38, a 900 metros de su casa. Le habían desfigurado la cara, arrancado los aritos y cortado la piel de uno de sus brazos.

El viernes anterior la chica había ido al boliche Le Feu Rouge, donde junto a sus compañeros organizaban una fiesta para recaudar fondos para el viaje de egresados. A “Sole”, que estaba por cumplir 18, le había tocado hacerse cargo de la venta de entradas. Pero en un momento de la noche, la adolescente desapareció.

Durante la investigación se logró reconstruir que Luis Tula, que en ese momento tenía 29 años, pasó a buscar a María Soledad por el boliche con su auto. De allí la llevaron al boliche Clivus, ubicado en la Ruta 1.

Clivus, que ahora se llama “Muana”, era una discoteca identificada con el poder, donde solía verse a hijos de millonarios y políticos. Jesús Muro, el exbarman de Clivus, declaró que en la madrugada del sábado 8 de septiembre de 1990, vio a Tula junto a su esposa Ruth Zalazar y amigos. Entre ese grupo estaban Guillermo Luque, el hijo del diputado, y Luis Méndez y Hugo “Hueso” Ibáñez. Estos dos últimos estuvieron detenidos por el crimen de María Soledad, pero las acusaciones terminaron quedando en la nada.

El barman Muro contó que esa madrugada María Soledad estaba “mareada” y que era manoseada por Tula y sus amigos. Lo que vino después, según la versión de la fiscalía, es que a la adolescente la drogaron y la llevaron a “Los Álamos”, un albergue transitorio ubicado en el cruce de las rutas 1 y 41 y que todavía funciona, donde fue violada por entre dos y cuatro personas.

María Soledad murió por sobredosis de cocaína, aunque intentaron reanimarla en un centro de salud. Fue decisiva una pericia realizada en 1991 por un equipo de forenses integrado, entre otros, por Osvaldo Raffo, fallecido la semana pasada.

Para encubrir el crimen de María Soledad, terminaron descartando su cuerpo en un zanjón sobre la ruta 38. Las pericias comprobaron que las heridas que la chica recibió fueron post-mortem. Tenía la mandíbula fracturada en tres partes, le faltaban todos los dientes y le habían diseccionado la piel de uno de sus brazos, posiblemente para ocultar que había recibido tratamiento intravenoso.

EL ENCUBRIMIENTO

No fue fácil saber lo que pasó con la chica. La investigación transitó por varios pasajes oscuros desde el principio. Tula fue detenido y liberado, se lanzaron varios nombres como sospechosos y cuando apareció el de Luque se intentó hablar de internas políticas.

Tras múltiples irregularidades, entre las que se intentó ensuciar el nombre de María Soledad, el Gobierno nacional -a cargo del entonces presidente Carlos Menem- intervino la Provincia, que era gobernada por Ramón Saadi. También echaron al jefe de Policía, comisario Miguel Ángel Ferreyra, que casualmente era socio comercial de Luque. Tenían una rotisería.

Más adelante se supo que luego del hallazgo, el cuerpo fue lavado con una manguera para borrar pruebas.Menem también envió al expolicía Luis Patti -luego condenado por delitos de lesa humanidad- para investigar el crimen, pero fracasó.

“Se buscaban chivos expiatorios. Y hay una familia, los Vargas -el matrimonio ya falleció- que viven acá cerquita que sufrió horrores. Como coincidía la marca y el auto de ellos con el de Luque, un Ford Falcon, esa familia sufrió horrores. A nosotros nos extrajeron dos veces sangre y ustedes se preguntarán ¿para qué? El auto de los Vargas apareció con sangre de mi hija. Esa sangre que a nosotros nos sacaron la pusieron en el auto de ellos, sospechamos. Pero gracias a Dios el abogado de ellos los ha podido defender, pero han quedado traumados para toda la vida”, denuncia Ada.

Un testigo clave de los más recordados fue el colectivero Antonio Ponce. El chofer declaró que la mañana en la que encontraron el cuerpo de María Soledad, en su primera vuelta del día, vio al costado de la ruta algunas luces, un patrullero y varias personas. El colectivero bajó y se arrimó a ver. “Le dijeron: ‘Andá, no hay nada. Fue un accidente’”, recuerda Ada.

Meses después, el colectivero reconoció a las personas que estaban ahí, lo que terminó de revelar las maniobras de encubrimiento. Cuando Ponce, en otra vuelta con el micro, volvió a pasar por el mismo lugar, vio que los policías seguían allí. Se sospecha que el cadáver de María Soledad fue mutilado en ese mismo lugar.

Ese hombre ha sufrido las mil y unas porque lo perseguían. Tenía que cambiar de casa. De un lugar a otro andaba, le ofrecían el oro y el moro, como uno dice. Que le iban a dar trabajo en España, que cambiara la declaración de lo que había visto y se fuera”, cuenta Ada.

Ponce falleció hace alrededor de cinco años a raíz de un ACV. “Él me dijo que no iba a vender su conciencia. ‘Creo en Dios y voy a seguir firme con lo que he visto ese día’, decía”, señala Ada, emocionada.

El poder feudal de los Saadi quiso callar a los Morales como fuera. “A mi casa vino Ramón Saadi con otros diputados, también el jefe de Policía. Nos querían convencer de que se iba a hacer justicia cayera quien cayera, que se iba a esclarecer. Esta sala estaba llena de autoridades”, dice Ada en el living de su casa.

La madre de “Sole” dice que nunca recibió amenazas directamente, pero sí recuerda personas vigilándolos con handies. “Nos ofrecían vales de nafta, trabajo para mi hijo mayor. Pero nosotros no aceptamos nada. Siempre digo y hasta el último día de mi vida, que Elías y Ada Morales lo único que buscamos fue verdad y justicia de lo que pasó con nuestra hija porque no quedamos satisfechos. Nuestras manos quedaron vacías. Porque no solo fueron ellos dos en la violación. Y en la desfiguración no tuvieron piedad, le arrancaron el pelo, todo. ¿Qué pasó ahí? Y después vino la difamación”, manifestó Ada, y sus lágrimas de siempre se mezclan con otras más recientes.

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