Una argentina pasó un año en el país más pobre del mundo: “La vida está todo el tiempo en riesgo”

Gladys Valega viajó a África para colaborar con un proyecto educativo, pero a los tres meses una tormenta destruyó las casas del pueblo y cambió sus planes. Vivió las peores miserias y también se hizo grandes amigos.

Un viaje con un fin educativo la encontró construyendo casas para familias que no tenían a dónde vivir. Vio la pobreza en su máxima expresión y viajó al pasado. A una sociedad que todavía usa el trueque, en la que se hizo amigas sin hablar el mismo idioma, presenció la muerte de personas porque no había vacunas y caminó al lado de tanques de guerra. Todo en 365 días.

La historia de Gladys Valega tiene lugar en el norte africano. Más precisamente en Níger, el país más pobre del mundo. Graduada de trabajo social en 2016 y con experiencias en Ecuador y Paraguay, esta correntina quería vivir un año en otro país. Reencontrarse con su profesión era el principal objetivo. La agencia humanitaria ADRA fue el canal que la llevó a emprender un desafío inimaginable: ayudar a las personas más pobres del planeta.

Su hermano policía y su prima abogada entraron en pánico durante unos minutos cuando se enteraron de la noticia. “Me dijo que no había nada en el lugar”, contó Gladys. Lo poco que sabían era que se trataba de un país peligroso, con pobreza extrema, guerrillas y tanques de guerra en la calle.

“Más del 90% del país tiene otra inclinación religiosa. Ser cristiana, mujer y blanca era un riesgo de secuestro, tortura y demás. Por mi condición era mucho más peligroso”, explicó.

Junto a profesionales latinoamericanos y africanos, y sin saber hablar francés, llegó a Níger. “Me acuerdo que cuando estábamos por aterrizar me desperté y le pregunté a la persona que teníamos al lado si estábamos aterrizando de emergencia porque no veía edificios. Era la nada misma”, relató.

En Níger todavía se utiliza el trueque como sistema para comprar y vender productos. (Foto: Gentileza Gladys Valega).

En el límite con el desierto del Sahara, el objetivo de Gladys era preparar un proyecto educativo que pudiera mejorar las condiciones de los alumnos. “Tenía que recorrer el lugar, conocer la cultura y las costumbres para poder plantear mis ideas. No es lo mismo una escuela rural de Corrientes que una en Bariloche y mucho menos una en África”, ilustró.

Y a la hora de ejemplificar el panorama educativo, enumeró el calor, la movilidad, la alimentación y hasta cuestiones culturales como algunos de los problemas. “No tienen como moverse en distancias kilométricas. Los varones tienen prioridad para ir a la escuela y muchas veces no la terminan”, señaló Gladys. Pero a los tres meses, un temporal lo cambió todo.

La tragedia que cambió su vida

Tras tres meses de trabajo de campo, una tormenta inundó muchos pueblos de Níger y las prioridades cambiaron para ADRA. Las casas, que no están preparadas para este clima, literalmente se derritieron.

“Había familias que no tenían donde estar y dormir. Había otras que se les arruinó todo de manera parcial o total. Fue fuerte porque la gente no entendía que pasaba, ellos no están acostumbrados a que llueva de esa magnitud”, contó Valega.

La lluvia torrencial destruyó el hogar de más de 30 familias. (Foto: Gentileza Gladys Valega).

¿A quién culpaban los habitantes de Níger? Al daño que se le hizo a la naturaleza durante muchos años. En el pueblo estaban acostumbrados a tormentas de arena, pero no a una lluvia torrencial. “Ahí me di cuenta de la pobreza extrema que había. La agencia tenía financiado nuestro proyecto y no la reconstrucción de las casas. Entonces armamos una colecta”, precisó Gladys.

Una amiga suya en Buenos Aires y otra compañera en San Pablo iniciaron una campaña para juntar fondos. En un puñado de días pudieron conseguir el dinero necesario para reconstruir los hogares del barrio en el que estaban trabajando.

Gladys llegó con el objetivo de desarrollar un proyecto educativo y tuvo que reconstruir más de 30 casas. (Foto: Gentileza Gladys Valega).

“Necesitábamos US$3000 de material para cada hogar porque la mano de obra la trabajamos nosotros. Construimos las casas”, reveló. En total, hicieron 18 casas completamente de cero y reconstruyeron 10 hogares. Todo con sus manos.

La gente estaba absolutamente agradecida. “Una señora estaba tan emocionada que nos hizo un ritual de agradecimiento. Sabían que de otra manera nunca hubiesen podido tener esa casa que construimos. Una casa básica de material con dos cuartos. Eso me hizo sentir miserable durante días porque no podía creer lo mal distribuida que está la riqueza y el trabajo”, rememoró Gladys.

Mientras tanto intentaba avanzar con el proyecto educativo, pero era difícil. “No podíamos hablar de educación y fortalecimiento sin que ellos tengan a dónde vivir. Trabajábamos la educación, ayudamos en que las personas puedan volver a la cotidianeidad”, señaló.

En muchos casos, los alumnos deben ir al colegio arriba de camellos. (Foto: Gentileza Gladys Valega).
En muchos casos, los alumnos deben ir al colegio arriba de camellos. (Foto: Gentileza Gladys Valega).

La vida en el pueblo más pobre de África: un viaje al pasado

Los días pasaron y aunque Gladys se acostumbró al lugar en el que vivía, el peligro era inminente. “La vida está todo el tiempo en riesgo. En las calles siempre hay tanques de guerra y soldados”, contó la trabajadora social.

“Tuve la impresión de haber retrocedido en una máquina de tiempo por la forma de vida que llevan ellos. Las mujeres en la capital teníamos que tener el cabello y los brazos tapados. En otros lugares solo se le veían los ojos. Y a pocos metros había tribus con el torso descubierto. Como mujer fue un shock importante no poder ir a comprar el pan sola”, rememoró.

Los camellos pueden llegar a comercializarse en forma de trueque. (Foto: Gentileza Gladys Valega).

El cambio cultural fue grande. Se animó a probar grillo con limón y pimienta como si fuese un snack y vio de cerca la pobreza extrema: “La gente se muere de fiebre porque no hay vacunas. Ellos utilizan el franco, una moneda devaluada de cuando eran colonia de Francia. El nivel de corrupción es altísimo y sigue existiendo el trueque”.

A pesar de las altas temperaturas, los insectos y los peligros, en la sociedad encontró un refugio muy importante. “Me sorprendió la calidez hermosa del lugar, me hizo encontrar con esa sensibilidad con la que elegí mi profesión. Puede entender su idioma, su jerga, sin tener al traductor. Me hice amiga de una maestra y ella me traducía cuando estaba en la comunidad”, detalló.

En la gente encontró danza, risas y muchas ganas de sobrevivir. “No saben si van a estar mañana y eso los hace vivir. Me hice lindas amistades y siempre está la idea de volver. Me encantaría ir a charlar con algunas personas. Sé que la hija de la maestra se fue a estudiar a San Pablo con el objetivo de volver como profesional y ayudar a su país”.

“Fue una parte muy importante de mi vida, me marcó de manera personal y como profesional”, cerró Gladys.

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